“Cayetano Aníbal, artista indisoluble”

Recuerdo el día que llamé por teléfono a Cayetano Aníbal para proponerle que viniera a mi estudio con la intención de hacerle un retrato. Era 1992. Yo solo conocía parte de su obra y él no sabía casi nada sobre mí. Me fascinaba su fisonomía. Tras una breve conversación su respuesta fue afirmativa, contundente. Pareció encantado con la idea. Sin más, quedamos en el estudio. Le sugerí que eligiera ropa oscura para la ocasión, y así fue. Se presentó con un jersey de cuello vuelto negro y pantalón del mismo color. Su rostro emergía seguro y orgulloso, como levitando. Sin intuirlo, ese día marcó el inicio de una estrecha y después profunda amistad que nos ha acompañado durante 23 años.

Surgió en mí la inquietud por conocer su trayectoria vital y artística, impresionado por su enorme interés frente a todo lo relacionado con el arte contemporáneo, que manifestaba en cada momento que compartíamos. Nuestros encuentros fueron cada vez más frecuentes. Supuso también una alegría apreciar su conocimiento e interés por la fotografía como disciplina artística y como medio de expresión. Un valor añadido, con un grado de complicidad, que se sumaba a una amistad cada vez más firme y estable. No solo empezaba a conocer en profundidad al artista, al profesor que había sido, sino también al crítico riguroso e investigador: sus destacados trabajos en el campo de la arqueología y la antropología, su pasión por el arte africano o su interés por la cerámica. Empezaba a descubrir al hombre en su plenitud.

Sin duda alguna, su paso por el Taller de Grabado de la Fundación Rodríguez-Acosta supuso un salto en su vertiente creativa y discursiva, recorrido que converge finalmente en el colectivo Taller Realejo.

La incorporación del color a sus grabados, el uso de las planchas de policarbonato, todo lo comentaba con una emoción casi juvenil, pletórico. Cayetano Aníbal era un gran conversador, además de una persona carente de prejuicios y muy generosa. Un artista sensible, reflexivo y observador, vehemente ante el arte y la vida, binomio indisoluble en su trayectoria.

Su obra ha sido objeto de un reciente estudio, realizado por D. León Moreno y que se concretará en una tesis doctoral, cuya defensa tendrá lugar el próximo año. El tribunal estará presidido por el catedrático y  académico D. Ignacio Henares Cuéllar.

Quisiera destacar también el entusiasmo de Cayetano Aníbal por la Academia, nuestra Academia, a la que pertenecía desde 1998, así como su reconocida labor como Conservador, cargo que ocupó desde el año 2000 hasta el 2009.

Como artista nos hizo partícipes de su obra, mostrando un interés manifiesto por los lugares donde transcurre en silencio nuestra historia, con una incuestionable narrativa visual y una estética enmarcada en la nueva figuración. Nos mostró paisajes enigmáticos que abren nuevos escenarios para el arte, interrogándose de forma constante sobre el amor, el deseo, el abandono o la soledad. En sus escenarios, se desplaza el orden jerárquico de la composición para favorecer la exaltación de lo humano: la mujer, el desnudo, el hombre… y la ventana. Siempre la ventana como marco para asomarse a la vida, como testigo mudo de la eterna espera o del encuentro apasionado. Todo descrito con una sutil ironía y una plasticidad plena de erotismo.

La suya fue una vida intensa, de entrega y rebosante de amor por el arte, la belleza, la familia y la amistad, hasta el último suspiro.

Quisiera finalizar con unos versos que extraje del poema “Pido silencio”, de Pablo Neruda:

He vivido tanto que un día

tendrán que olvidarme por fuerza,

borrándome de la pizarra:

mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio

no crean que voy a morirme:

me pasa todo lo contrario:

sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

Antonio L. Martínez Ferrol

Ilmo. Sr. D. Cayetano Aníbal González Romero, Medalla nº 2. Elegido el 8 de enero de 1998. Ingresó el 10 de diciembre de 1998. Discurso de ingreso: El Grabado calcográfico y Granada. Falleció el 11 de noviembre de 2015.